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El Ceremonial en las exequias

“Al brillar de un relámpago nacemos,/ y aún dura su fulgor cuando morimos,/ ¡ Tan corto es el vivir!.”
Gustavo Adolfo Bécquer quiso dejarnos esa consideración con su mente romántica.
Nos ayuda a pensar en este caminar nuestro por el mundo y en el encuentro con la muerte.
Hay toda una tradición sobre ella. Algunos piensan que es un culto, pero no lo es. Al morir una persona, se recrean usos y costumbres familiares celosamente conservados, que el tiempo lo puede borrar Es el cariño que se vuelca con un cuerpo, que fue templo de un alma. Por eso se lo honra con la mayor dignidad y respeto.
Los mayores conservamos muy nítidas las escenas de los entierros de otros tiempos. Llevan muy unidas la fe y la creencia firme en otra vida. Los cuerpos de los difuntos eran retirados de las casas mortuorias para ser conducidos al cementerio. Se utilizaban carruajes tirados por caballos. Tiempo después fueron reemplazados por vehículos, con diferentes formas externas.
Hoy, un coche fúnebre es una mezcla de ambulancia y transporte elegante. A veces se quiere esconder en ellos todo símbolo que recuerde la muerte. El sentir popular, sin embargo distingue rápidamente el paso de un entierro. Ante él, rezamos, nos santiguamos y, en nuestra ciudad, descendemos de los autos para acompañar con ese gesto externo a los muertos.
Cuando un cortejo llegaba al cementerio, era recibido por un sacerdote acompañado por la cruz y los cirios. Se iniciaba entonces una corta procesión hasta la capilla. Desde allí se iba hasta el lugar donde seria depositado el féretro. El sentido religioso estaba presente, con las ricas palabras de la liturgia portadoras de paz y de consuelo. Por diversas circunstancias todo eso fue cambiando y la rapidez quiere imponer, a veces, sus leyes ante el dolor y el llanto.
Sin embargo en los últimos años, se observa como un regreso a las antiguas formas. Es la tares gigantesca por dignificar los momentos en que el cuerpo mortal vuelve a la tierra. Desde mi punto de vista, no puedo menos que elogiar a quienes están inmersos en esa tarea de prestar todo lo relativo a los difuntos con la mayor dignidad. Las honras fúnebres, solemnes o sencillas, no pueden dejarse de lado. Por eso, cuando vemos el surgimiento de cementerios privados, observamos también cómo allí se cuidan delicadamente las formas. Las empresas funerarias se encargan de todo aquello vinculado a los entierros, pero el cementerio tiene sus normas. Hay calma, hay sosiego. Nadie da órdenes imperativas. A lo más es una suave sugerencia dicha en vos baja. Es el descenso del féretro en la fosa, los puñados de tierra o los pétalos que se arrojan sobre él. Es el adiós.
Los cementerios privados muestran, por lo general, un profundo sentido religioso. Los hay para personas católicas y también para quienes profesan otras creencias. El terreno cercano, destinado a enterrar cadáveres, está cuidado delicadamente y, en sus lugares de culto, se puede rezar por quienes han sido allí sepultados.
Mucho es lo que se puede hacer por dignificar todavía mas los últimos servicios que se prestan a los muertos. Es de alabar también el comportamiento respetuoso de las personas que se desempeñan en los cementerios públicos y privados. Todo lo perteneciente al entierro y a las exequias fúnebres entra dentro de lo funerario. Es dar a los muertos el efecto y la honra que les debemos siempre.

Consejo a nuestro personal por:

Roberto Sebastián Cava
Miembro de Número de la Academia Argentina de Ceremonial

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